“Señor, ¡que Franco ya ha muerto!”

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Una tarde más espero la llegada del 119 en Paseo de Santa María de la Cabeza, Madrid. Al tratarse del origen de la línea, no tengo problemas para decidir libremente cuál será mi asiento durante los 20 minutos que me esperan para regresar a casa. Leo y curioseo en las redes sociales, mientras me excluyo del mundo con la lista aleatoria del iPod. Bien. Un poco de paz necesaria para huir del ruido de las voces y conversaciones ajenas tan características que surgen en un autobús urbano.

Son las 20.30h, hora punta para aquellos que regresan a sus casas tras su jornada de trabajo o actividades de ocio, si a día de hoy aún las tienen. La cuestión es que al autobús empieza a llenarse como si no hubieran más en las calles de la capital. A pesar de tener el volumen al máximo, los gritos de un hombre muy corpulento y exaltado, de 64 años de edad (lo sé porque no dejó de repetirlo posteriormente) me obligan a atender lo que está ocurriendo. Un espectáculo gratuito para todos los que vamos allí montados.

El hecho es que un anciano superior a los 90, abrigado con un elegante chaquetón negro, caminaba lentamente con la ayuda de su bastón hasta los asientos reservados, ya ocupados. Una vez vio que en uno de los dos asientos había sentada una joven y atractiva muchacha, que no superaría los 35, bien arreglada con sus pantalones ajustados y americana roja, le dijo con desprecio y sin ningún tipo de miramiento: ‘sht, sht, levántate y déjame sentar’. La mujer, con sorpresa y educación le contestó: ‘Lo siento, pero tengo una minusvalía visual. También tengo derecho a estos asientos.’ Dada la violenta situación, el hombre sentado frente a la muchacha se vio obligado a dejar sentar al anciano que sin disculpas ni arrepentimiento, dio por hecho que el asiento reservado era su lugar.

El hombretón, que acaba de presenciar la situación, no duda en comunicarlo a todos los pasajeros del autobús cuál alguacil, mientras le replica al hombre: ‘¡Pero, señor, ¿usted qué se cree? ¡Que Franco ya ha muerto! Mire mi tarjeta, yo también soy mayor. Tengo 64 años, pre-jubilado y no me quejo. Tengo a mi madre sola en casa, tiene 86 años y la trato con educación. ¿Usted qué se ha pensado? Manda narices, lo que hay que ver…¡Que Franco ya ha muerto!’ Más respeto y menos órdenes ni machismo, cojones‘, un discurso bien fundamentado, convertido en un monólogo de cinco largos minutos de queja.

Me quedan dos paradas para llegar. Decido dejar libre mi asiento y veo que la mujer víctima de la situación también se acerca a la puerta de salida. Tropieza con mi pie en el último giro, me pide disculpas y entre miradas de complicidad, me chiva ‘Le he tenido que enseñar la tarjeta de minusvalía para que me creyese’. 

Salgo. Le ofrezco mi ayuda para bajar del autobús e inconscientemente le deseo ‘Mucha suerte’. 

Menuda mierda‘, pienso luego. No la debería necesitar.

AUVASA_-_INTERIOR_DE_UN_AUTOBÚS_URBANO_EN_VALLADOLID_-_2013

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Autor: lau.rubiolopez

Periodista, estudiando problemas sociales (UCM)

2 pensamientos en ““Señor, ¡que Franco ya ha muerto!”

  1. Gran estilo Laura!!! Me gusta como cuidas los detalles

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