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“Señor, ¡que Franco ya ha muerto!”

Una tarde más espero la llegada del 119 en Paseo de Santa María de la Cabeza, Madrid. Al tratarse del origen de la línea, no tengo problemas para decidir libremente cuál será mi asiento durante los 20 minutos que me esperan para regresar a casa. Leo y curioseo en las redes sociales, mientras me excluyo del mundo con la lista aleatoria del iPod. Bien. Un poco de paz necesaria para huir del ruido de las voces y conversaciones ajenas tan características que surgen en un autobús urbano.

Son las 20.30h, hora punta para aquellos que regresan a sus casas tras su jornada de trabajo o actividades de ocio, si a día de hoy aún las tienen. La cuestión es que al autobús empieza a llenarse como si no hubieran más en las calles de la capital. A pesar de tener el volumen al máximo, los gritos de un hombre muy corpulento y exaltado, de 64 años de edad (lo sé porque no dejó de repetirlo posteriormente) me obligan a atender lo que está ocurriendo. Un espectáculo gratuito para todos los que vamos allí montados.

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